Mi nombre es Laura, y durante aquellos años de instituto, cuando todavía estaba construyendo mi identidad, viví de cerca la famosa Ruta del Bakalao. Crecí veraneando en un apartamento frente a una de las discotecas más míticas de la ruta, Puzzle, en la costa valenciana. Era imposible no sentirme atraída por ese torbellino de luces, coches y música que, noche tras noche, animaba los alrededores. Para mí, la música electrónica se convirtió en una especie de refugio, una pasión que me conectaba con algo más grande. Recuerdo esa época como un momento de descubrimiento, de búsqueda de libertad y, sobre todo, de conexión con una cultura que marcó a toda una generación.

Los primeros años: un despertar en el instituto

Cuando estaba en el instituto, empecé a escuchar hablar de la Ruta del Bacalao como si se tratara de una leyenda urbana, de algo que trascendía las noches y los fines de semana. Mis compañeros, algunos mayores que yo, me contaban historias de noches interminables en discotecas como Barraca, ACTV, Chocolate y, por supuesto, Puzzle. Eran sitios que, en mi imaginación, se convirtieron en templos dedicados a la música, donde los ritmos electrónicos no daban tregua y donde parecía que todo era posible. Yo todavía era muy joven para adentrarme del todo, pero la curiosidad me quemaba por dentro.

Desde el instituto, empecé a formar mi identidad musical, escuchando sesiones que algunos traían grabadas en cintas y CDs. Recuerdo pasar horas en mi cuarto, con los auriculares puestos, dejándome llevar por esos beats hipnóticos. Era como si, a través de la música, pudiera vislumbrar ese mundo que aún estaba fuera de mi alcance. La música electrónica se convirtió en la banda sonora de mis días, y no veía la hora de poder experimentar de primera mano lo que tanto había oído contar.

El verano que lo cambió todo

Fue justo antes de entrar en la universidad cuando, por fin, di el salto. Ese verano, mis padres como siempre nos llevaron al apartamento frente a Puzzle, y allí, ya con la mayoría de edad recién cumplida, decidí vivir la experiencia de la Ruta del Bacalao en primera persona. Recuerdo la emoción mezclada con nerviosismo la primera vez que crucé la carretera para entrar en Puzzle. Desde fuera, ya se escuchaban los bombos reverberando como si fuera un llamado, y dentro, todo era aún más intenso: luces cegadoras, humo, cuerpos que se movían al unísono y una música que te atrapaba por completo.

Aunque no compartía ciertas cosas que eran comunes en aquel entorno, como el consumo desenfrenado de drogas, no dejé que eso me frenara. Para mí, lo importante era la música. La energía que se vivía en la pista de baile era increíble. Podías ver cómo la gente se dejaba llevar por los sets de DJs como Chumi DJ o Fran Lenaers, que dominaban la escena en lugares como ACTV o Spook Factory. Cada sesión era una experiencia sensorial, una montaña rusa emocional que te hacía olvidarte de todo lo demás.

Una ruta entre Barraca, Chocolate y ACTV

Las noches se convertían en auténticos viajes por las carreteras valencianas, pasando de una discoteca a otra. Empezábamos la noche en Barraca, un lugar mítico, conocido por su ambiente alternativo y por ser pionero en la escena electrónica en España. Desde allí, muchas veces nos dirigíamos a Chocolate, donde los ritmos se volvían más oscuros, más intensos, creando una atmósfera casi mística. La música era todo lo que necesitaba. Cada cambio de ritmo, cada drop, me hacía sentir viva, conectada con todos los que estábamos allí, como si por esas horas fuéramos parte de algo más grande, de una comunidad unida por la misma pasión.

Las madrugadas solían terminar en Puzzle, la discoteca que había visto desde niña, y donde ahora, ya convertida en una asidua, me movía como pez en el agua. Puzzle era el punto de encuentro para cerrar la noche, donde el ambiente se volvía más relajado pero no por ello menos intenso. Podías bailar hasta que amaneciera, y en esos momentos, cuando el sol empezaba a salir y las luces de la pista se mezclaban con los primeros rayos del día, sentías que habías vivido algo único, irrepetible.

Reflexiones sobre aquellos años

Mirando atrás, me doy cuenta de que la Ruta del Bacalao fue mucho más que un fenómeno de fiesta. Fue una forma de vida para quienes la vivimos. Me permitió descubrir el poder de la música electrónica, entenderla como un lenguaje universal que, sin palabras, podía expresar todo lo que sentía. Cada discoteca, cada carretera recorrida entre Barraca, ACTV, Spook, Chocolate y Puzzle, fue parte de un viaje que me enseñó mucho sobre la libertad, la amistad y la importancia de ser fiel a uno mismo.

A pesar de que la Ruta acabó desvirtuándose con el tiempo, con la llegada masiva de gente y la banalización de lo que en su origen fue un movimiento cultural, para mí siempre quedará el recuerdo de esas noches en las que la música lo era todo. No había necesidad de más. Era suficiente con cerrar los ojos, dejar que los beats te envolvieran y perderte en la pista, sintiendo cada nota como si fuera parte de ti.

La Ruta del Bacalao me dio una lección que sigue acompañándome hasta hoy: la importancia de vivir la vida intensamente, pero siempre desde lo que uno es, sin dejarse arrastrar por lo que hacen los demás. Esos veranos, bailando hasta el amanecer frente a Puzzle, marcaron mi juventud y, sobre todo, me hicieron descubrir una pasión que aún hoy sigue muy viva en mí: el amor por la música electrónica.